La Evaluación y El Esfuerzo

Ya escribimos, unas semanas atrás (¿Hacia donde vamos?), acerca de unos docentes de la Universidad de Granada que crean un grupo en el que reflexionan sobre, lo que ellos llaman, la impostura de la evaluación.

Afirman que “… control y evaluación son los dos enemigos fundamentales del aprendizaje…“. Según ellos la evaluación del profesorado implica un importante deterioro para la calidad de enseñanza.

La cultura, como objetivo dentro de la enseñanza, es un fin en si misma, es una forma de realización personal. Pero no podemos olvidarnos del objetivo de formarnos de cara a participar en el proceso productivo.

Por eso no deja de sorprenderme leer comentarios como

El más indulgente comentario que se puede emitir sobre la evaluación, elevada a obligación institucional, se resume en esto: es una muestra de la creencia en Papá Noel. Es por eso que puede extenderse por todos lados, tal y como la hace la creencia de la que es una variante. Con el mismo efecto de infantilización planetaria.

En otra parte también dicen

Apostamos por crear y fomentar focos de resistencia activa frente a la ideología de la evaluación, de crítica ilustrada de las falsas ciencias y de promoción de las libertades en nuestros Colegios e Institutos.

Una parte importante de la educación de nuestros hijos consiste en transmitirles el gusto por aprender; en fomentar en ellos el interés y la curiosidad por ir más allá de lo que han oído, leído o recibido; a practicar la duda positiva, como medio de acercarse al conocimiento.

Y todo esto de una forma lúdica, sin angustias; con tiempo para divertirse y descansar.

En es Infantil y Primaria cuando podemos inculcarles estos conceptos. Es aquí cuando deben aprender que aprender es divertido. Y si no les afianzamos estos conceptos en esta etapa no lo vamos a conseguir después.

Pero deben saber, también, que necesitan adquirir unos conocimientos y habilidades que les van a ser necesarios para las siguientes etapas; y esto se puede y se debe valorar; por nosotros – los padres–, para ver que consiguen esas aptitudes y, en caso contrario, como y cuando ayudarles; y por ellos, para que también sean conscientes de esa adquisición.

Sino ¿como podemos asegurarnos de que los métodos aplicados a la enseñanza tienen un efecto positivo y efectivo? ¿Como saber si estamos corrigiendo aquello que no funcionaba como se deseaba o mejorando donde hacía falta? ¿Como mejorar?

¿Por intuición quizás?

Frente a lo que les espera a nuestros hijos en el futuro ¿es este el ejemplo que queremos darles?

¿O el problema solo se centra en el rechazo y la aversión que algunos docentes tienen a ser evaluados? Me temo que puede haber algo de esto.

Un ejemplo: años atrás las evaluaciones del sistema educativo en países como Alemania o Finlandia (siempre en el candelero) eran bastante negativos; como consecuencia de ello en esos países se realizaron cambios estructurales en el sistema que dieron como resultado los valores de excelencia que conocemos actualmente

En cambio, en España, los malos resultados los vemos (o algunos los ven) siempre en los mismos términos: el sistema de evaluación, es malo; y ya está. No aportamos nada. No queremos ver nuestros problemas. No mejoramos.

Es cierto que el objetivo de todos — o, supongo, casi todos — en la vida es vivir y, a ser posible, lo mejor que podamos.

Pero para ello la mayoría nos vemos obligados a trabajar. E intentamos dedicarnos a alguna profesión que nos guste y haga, en la medida de lo posible, que el tiempo que tenemos que dedicarle sea lo más satisfactorio posible. Trabajamos para vivir y, nunca, debería ser al contrario.

Pero por mucho que nos guste nuestro trabajo, no por ello es más fácil. Todos los trabajos tienen su complejidad y, siempre, un factor importante de compromiso; y con éste, también de esfuerzo; y con todo esto siempre hay alguien que supervisa, valora, evalúa si nuestro esfuerzo cumple con las expectativas puestas en nosotros y nuestro desempeño.

En muchos casos ese desempeño se valora en términos económicos y es así como se establece la eficacia de nuestro tiempo en el puesto de trabajo. Otras veces la evaluación solo se realiza en el terreno de lo — de nuevo — eficaz que nuestro trabajo es para la ejecución y el desempeño del de otros que, probablemente si que tiene una repercusión económica.

Pero siempre hay una evaluación del esfuerzo y, como consecuencia, de la eficacia.

Nos puede gustar o no, pero es siempre así.

Y es frecuente que cuando no existe ese factor de evaluación en una tarea, a la larga se produce una detrimento en la eficacia y, por ende, en el resultado final. Algunos pensamos que, ya que hay que pasar tanto tiempo dedicados a nuestro trabajo, que mejor que obtener la satisfacción de saber que lo estamos haciendo bien. Al menos ese tiempo empleado no lo estaremos tirando a la basura esperando que llegue la hora de salir pitando a casa, cosa que al final, un día tras otro, no dejaría de ser frustrante. Y, además, si el resultado de nuestro tiempo dedicado es proporcional a la eficacia obtenida, el resultado es para todos, el correcto.

Y es a esa realidad a la que se enfrentarán nuestros hijos más tarde o más temprano.

Pero para ellos no es un horizonte lejano. Al contrario, ya viven inmersos en esta realidad. Desde el momento que entran en el colegio es algo a lo que deben habituarse: el respeto a las normas, un cierto grado de disciplina, el esfuerzo por aprender y, al final, adquirir conocimientos, habilidades, capacidades, …

A unos les costará más que a otros. Y viceversa.

Unos tendrán más apoyo cuando están en sus casas. Otros, menos; o ninguno. Depende en gran medida de la realidad socieconómico y cultural de las familias.

Llevamos a nuestros hijos al colegio a aprender. Pero esto es solo parte de una preparación integral para enfrentarse a la realidad que les espera. Pero — ya lo se, me repito — no es una realidad futura sino aquella con la que se encuentran día a día. Y que, a su vez, les debe permitir afianzarse de cara a su futuro.

Y en esa realidad se encontrarán que deberán demostrar sus habilidades y aptitudes. Y que, de forma continua, esas aptitudes serán medidas y valoradas. Nuestros hijos serán evaluados por su esfuerzo. Pero ellos, seguramente, también deberán hacerlo. Y, entre todo, es nuestra responsabilidad enseñarles a tomar con naturalidad ese proceso y, llegado el caso, evaluar con equidad.

Para muchos — creo que la absoluta mayoría — esta es la realidad, el día a día; y así mismo lo será, en su momento, para nuestros hijos. Como comentaba antes, puede gustarnos o no, pero las cosas son así.

Pero, claro, hay quien se rebela a ello. Y rebelarse, en si mismo, no es necesariamente malo; incluso, muchas veces, muy positivo.

Pero ¿cual es el objetivo de esa rebeldía a la evaluación?

A mi me parece una lamentable cuestión de desidia: si yo no evalúo entonces no seré evaluado, entonces los que no me evalúan a mi tampoco lo serán, entonces a los que yo debería evaluar tampoco lo harán con quien les corresponde …. Entonces esto es un circo.

Y este ejemplo pernicioso supone un flaco favor a nuestros hijos.

Bueno, si habéis llegado hasta aquí sin saltaros nada demostráis un derroche de moral encomiable. Gracias.

Un saludo,

Vicente Biosca

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